¿Y si el miedo que te tiene de rodillas no es tan fuerte como la mano que está a punto de tocarte?
Mira bien esa imagen. La mujer está encadenada. Las cadenas todavía arden, todavía pesan, todavía la arrastran al suelo de ruinas frías donde nadie la escucha. Sobre ella, un demonio con cuernos se levanta gigante, oscuro, lleno de humo y de mentiras. Ese demonio tiene nombre, y su nombre es Miedo. Es el mismo que llega de noche cuando tú apagas la luz. El que te susurra que vas a perder el trabajo, que la enfermedad va a ganar, que tus hijos van a salir mal, que Dios ya se cansó de ti. El que te aprieta el pecho a las 3 de la madrugada y te roba el sueño que tanto necesitas.
Pero fíjate en algo. El miedo es enorme... hasta que Jesús extiende la mano.
En esa imagen, del brazo del Señor sale un rayo de luz que parte al demonio por la mitad. No hay forcejeo. No hay batalla larga. Hay una sola Palabra, y la oscuridad se deshace como humo en el viento. Porque así de poderoso es Aquel que te ama.
La Biblia no nos dice que finjamos que el miedo no existe. Nos dice algo mejor: que tenemos a Alguien más grande que el miedo. Escrito está: "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia" (Isaías 41:10). Esa diestra es la misma mano de luz que ves desintegrando al enemigo.
Y el apóstol Pablo le recordó a un joven asustado: "Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio" (2 Timoteo 1:7). El miedo paralizante NO viene de Dios. Viene del que quiere mantenerte encadenado en el suelo. Pero tú no fuiste hecho para arrastrarte. Fuiste comprado a precio de sangre para ponerte de pie.
El rey David, que conoció el terror de ejércitos y de cuevas, declaró: "Busqué al Señor, y él me oyó, y me libró de todos mis temores" (Salmo 34:4). De TODOS. No de algunos. De todos.
Hoy el Espíritu Santo quiere romper esa cadena en tu vida. Quiere tocar ese miedo que cargas en secreto, ese que ni a tu familia le cuentas, y desintegrarlo con su luz. El infierno te quiere de rodillas y temblando; el Cielo te quiere de pie y libre.
Declara conmigo en voz alta: "En el nombre de Jesús, rompo todo espíritu de miedo sobre mi vida. Mis cadenas se quiebran hoy. Yo no temo, porque mi Dios está conmigo."
Si creíste esta declaración, escribe AMÉN en los comentarios para que el Cielo y todos los que pasen por aquí sepan que tú ya no le perteneces al miedo. Y COMPARTE esta imagen: alguien que conoces está esta noche de rodillas, encadenado, esperando ver esa mano de luz. Sé tú quien le recuerde que Jesús todavía rompe cadenas.



























































